Carta a mi Hijo
Por Saturnino Abarca Villada
Carta a mi Hijo
Por Saturnino Abarca Villada
Querido hijo:
Aún resuenan en mis oídos tus palabras, cada una de las frases que vertiste sin pensar. Durante mucho rato estuvieron presentes tus agravios, tus frases lacónicas y tus irónicos mohines; tus desprecios. Tus fatuas reacciones me indicaron tus denuestos. Un falso agravio nubló tu mente y derribó mi irreductible paciencia. Con tus trece años encima, la insolencia te habitó y te hizo presa.
Me sentí colmado en mis anhelos pacifistas. Mi entereza acaeció. Raudo y dolido reaccioné por tu ímpetu provocador. Era impreciso lo que oía, era incompresible tu desdén y tu sarcasmo. Por un instante soñé que era falso lo que oía, que era alucinación lo que en mis oídos retumbaba, y quise entender que no entendía. Mi entendimiento se redujo, y solo con la soledad de un predicador de medio día en el desierto, plegué las velas de mi ahínco y di pasó a una realidad inesperada… ¡Tus frases me habían dolido tanto!
Sentí a boca de jarro, el dolor de tu desidia; tu indolencia me había herido inmisericordemente. La anárquica existencia de esos inadmisibles actos tuyos, cifrados en el estupor de una excusa y envalentonado por tanto amor; de mi amor por ti, de ese amor, que a mayor expresión, menor claridad da.
Me vi inmerso en el dolor de la realidad; de tu realidad y de la mía; de ese cúmulo de emociones contenidas. Entonces comprendí tus reacciones. Quise enmudecer y no lo hice. Palabras me invadieron a la velocidad de la luz y las frases me golpearon duramente. La escaza cordura de ese instante tuyo, se encargó de precisarme cuanto te amo.
Por ello quise rehacer mis emociones, mi pensamiento y ecuanimidad; regresar un instante y trocar mi enfado por ternura. Lentamente se alejó de mí el enojo, la ceguera y decepción. Volvió el apetito de verte hecho; de verte libre, triunfador, feliz. Volvió mi anhelo de ver en ti al hombre nuevo, al hombre que producto de un inmenso amor se construiría.
-2-
¡Cuánto me costaba comprender tu realidad! El asomo del descaro de tus frases, de tus excusas y pretextos, había pulverizado mi herido orgullo. Veía a través de un resquicio y no de la puerta que franqueaba el horizonte a tu libertad.
Recobré la lucidez, tomé fuerza del suceso. Respiré profundo y recordé cuanto te amaba; como te acariciaba desde antes que nacieras, pues te concebí desde antes que fueras concebido.
Perdonando todo, olvidando todo te quise más que nunca y como nunca, y como nadie. Mi amor no había sufrido un rasguño, y mi alma se había purificado. Habías logrado recordarme que por ti haría todo, que volaré en tus sueños y tú anidarás en mis recuerdos, porque eres y serás la razón de lo que soy y de lo que seré.
Me perdono al perdonarte, porque comprendo tus angustias, tus desdenes… tu furor. Permite que siga siendo parte de tu vida, y tú sigue siendo parte de la mía. Vuela y, si quieres, enséñame tu vuelo. Sueña y consiénteme en tus sueños. Deja que contigo siga conociendo el paraíso.
Hijo, razón de mi alegría, de mis sueños y esperanzas. Enséñame a comprenderte, a darte tu lugar; enséñame a amarte más de lo que te amo, hazme sentir que no esperé en vano tu existencia, aún cuando y que no eres ni mi propiedad ni mi destino.
Hijo, gracias por el regalo de tu vida, por el tesoro de tu existencia, por ser mi alternativa para seguir siendo feliz. Mañana, cuando seas un hombre, sé irreductible y absoluto triunfador, pertinente siempre, mirando de frente y caminando con la cara en alto, con justicia y tolerancia; entonces diré que lo vivido fue lo que merecía.
¡Gracias hijo por dar luz a mi vida!